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domingo, 8 de diciembre de 2013

Algo nuevo de hace tiempo

Si no vivo solo es porque no puedo permitírmelo. Cuando consiga algo de dinero, lo primero que haga será alquilar un pequeño estudio para mí solo. La gente entra y sale de mi piso como si fuese una absurda prolongación del espacio público; es algo que realmente me molesta. Al principio me preocupaba por cuidar mi aspecto, más tarde dejé de ponerme los pantalones y creo que el resto es obvio. Soy el monstruo que vive encerrado en el cuarto oscuro de la casa. Mi nueva compañera de piso ya me presentó una vez como “el raro”, literalmente. Es difícil hacerle ver a la gente que estás cansado de tratar con las personas, o que sencillamente llevas un modo de vida solitario. Mi compañera de piso es francesa y ha conseguido que llegue a odiar a una nación entera. Casi puedo llegar a comprender a Hitler gracias a ella. No acepta nunca un NO por respuesta. Tengo que comer verduras ecológicas porque ella quiere, tengo que ir a su jodido concierto de música fusión porque ella quiere, tengo que ver su ridículo cine francés porque ella quiere, tengo que soportar a sus amigos filósofos cada uno de los días de mi jodida existencia mientras viva en este puto piso PORQUE ELLA QUIERE. ¿Es tan difícil dejar a alguien tranquilo? El problema no es que ODIE a la gente, sino que hay personas que imponen sus modos de vida como esta tía. Ella ni siquiera se molesta en preguntarme si algo me apetece o no, ni siquiera se molesta en dejar de hablar de ella misma, y todos la admiran y veneran. Por culpa de personas como ella empiezo a pensar que estoy realmente loco, que estoy lejos de encontrar una solución a ello. Al principio pensaba que eran etapas, pero las etapas se convierten en décadas y la gente sonríe feliz por la calle mientras yo, con el cadáver de mi madre sentado en una mecedora, interpreto mi propia versión de Norman Bates. Las mujeres no ayudan, ellas me absorben y me convierten en algo suyo. Ellas transforman el amor en un contrato y todo se convierte en una obligación, y luego lloran y lloran y yo me siento culpable; y si esto sucede en la calle todos me observan y muchos de los hombres que andan cerca con otras mujeres se paran a mirar y se plantean la posibilidad de intervenir y convertir mis gafas, mis dientes, mis orejas y mi cara en la misma cosa inútil. Unos meses atrás cometí la insensatez de adoptar un cachorro de mastín. Tengo muchas interpretaciones distintas para dar explicación a un fenómeno tan extraño como fue aquel impulso. Sea como sea, me sigo preguntando cuánto tiempo seguirá creciendo esta bestia. ¿Terminará devorándome? De cualquier modo sigue siendo mucho más gratificante que mantener una relación de amistad con un ser humano. Los humanos te devoran y te engullen a su modo, y la mayoría de las veces ni se molestan en escupir tus huesos. Al menos ya no puedo decir que esté completamente solo. Ahora estoy tumbado en la cama fumando un cigarrillo y tapado con una manta hasta la cintura, un sábado por la tarde. Las risas de los niños atraviesan los cristales y es imposible aislarse del todo. Soy un viejo de veintidós años en una postura terminal preguntándose por milésima vez el sentido de todo. Solo espero que esto no termine convirtiéndose en la carta de un suicida. Puede que una gran parte del problema sea el tiempo. Las personas se olvidan del tic-tac del reloj y hacen cosas e intentan llevar una vida normal. La muerte es algo que está presente en cada uno de los minutos de mi vida, invadiendo mi alma como un cáncer. Por eso odio cuando las personas como mi compañera de piso reclaman mi preciado tiempo para hacer con él lo que se les antoja, que la mayoría de las veces es tirarlo por el retrete. Y es el miedo a perder el tiempo o a acabar en el olvido lo que me impide hacer cosas y disfrutar del momento que me ha sido establecido. Dentro de unos cien años ya no quedará ni una sola huella de mí en este jodido mundo, cosa de la que quizás debería sentirme orgulloso. Probablemente, a lo mejor, puede ser, quizás… Todo es una duda. Una estúpida y cómica duda. Debería gastarme todo mi dinero en alcohol, en drogas, en putas y en comida para perro.

sábado, 2 de marzo de 2013

La paja


Al final de la conversación me encontraba en el salón, de pie. Arrojé el teléfono móvil sobre uno de los dos sofás que componían el centro de la habitación y, por algún extraño motivo, decidí que era el momento perfecto para cascármela; no quería pensar en otra cosa que no fuese mi mano frotándose sobre mi nabo. Al carajo todas las mujeres de carne y hueso del mundo, me conformaba con una proyección cuando el amor dejaba de tener sentido. Al fin y al cabo, siempre había sido así cuando me rechazaban en el instituto, cuando lo único a lo que podía aspirar con la cara repleta de pústulas y de pus era a provocar asco, repulsión y, con un poco de suerte, lástima. ¿Dónde habían estado las mujeres entonces? ¿Dónde había estado mi madre?
No fue difícil encontrar un vídeo que me excitara. Una mujer rubia, teñida, con rasgos asiáticos, era embestida una y otra vez por un macho blanco de tupé y patillas a lo Elvis. Me puse manos a la obra, en el sagrado salón de la casa de mi familia, donde media hora antes había estado cosiendo la mujer de mi padre y jugando mi hermano pequeño a la consola. Al principio pude concentrarme en el simple hecho de masturbarme, pero poco a poco fui desviando la atención hacia otro factor que, dependiendo de la perspectiva que pudiera suscitar dicha situación, podría tratarse de un detalle nimio: aquella pareja estaba disfrutando; por primera vez en muchísimo tiempo encontraba un vídeo en el que una mujer disfrutaba del sexo sin pretensiones mientras era filmada. Las piernas de la chica rubia, teñida y de rasgos asiáticos temblaban en el vaivén del proceso y sus gemidos no eran teatro. No sabría explicarlo mejor, pero es tan simple como eso, como que en sus suspiros, en sus gimoteos, en su mirada o en sus movimientos no había el menor atisbo de pretensión o teatro, nada era forzado. Pensé que aquel polvo, grabado a lo mejor años atrás, tenía todo el sentido del mundo; es decir, aquellas dos personas que follaban para otras miles, quizás millones de personas, seguirían follando digitalmente hasta, quizás, el final de nuestra civilización, y lo seguirían haciendo con ganas mientras el resto de los humanos se odian, se insultan, se destruyen y autodestruyen, se incineran, se drogan, se envilecen y dan paso a otra generación de humanos que se odian, se insultan, se destruyen y autodestruyen, se incineran, se drogan y se envilecen; y mi paja progresaba hasta que, definitivamente, me corrí sobre un pañuelo de papel arrugado.

martes, 23 de octubre de 2012

Jim Jarmusch


Pepe es un tipo 6 años mayor que yo. Es domador de caballos y ahora es mi compañero de piso. Cuando llega del trabajo a las ocho de la tarde pueden pasar dos cosas distintas: o hace unos abdominales, o se lía un canuto.

Es sábado. Lo primero que hace al llegar esa noche es liarse un canuto. Yo estoy sentado en el salón y él se sienta a mi lado. Hablamos sobre coches; no sé nada de coches. Una de las cosas que me fascinan de él es que, aunque no tenemos nada en común, podemos hablar de cualquier cosa; aunque uno de los dos no pueda seguir la conversación. Cuando alguno pierde el hilo, nos reímos y decimos alguna gilipollez. A veces ni siquiera estoy seguro de que me esté escuchando.

Pepe se toma su tiempo con el porro y cuando va por la mitad me lo pasa, sin decir nada. Simplemente estira el brazo y yo lo cojo, doy unas caladas y se lo devuelvo. Ha pasado un rato y nos estamos muriendo de hambre, me levanto del sofá y voy a la cocina a por el típico folleto de comida a domicilio que está sujeto a la puerta de la nevera con un imán. Los dos tenemos muy claro que queremos un kebab. Descuelgo el teléfono y marco el número del folleto. Cuando estoy haciendo el pedido miro a Pepe durante un par de segundos, me da un ataque de risa y cuelgo. Vuelvo a llamar una y otra vez, pero comunica. Finalmente, el tipo del kebab me contesta y yo vuelvo a reírme y le cuelgo. No nos queda otra que ir al restaurante a recoger la comida.


viernes, 24 de agosto de 2012

"Hay una hormiga en mi plato"


Hoy es un día especial. Hace meses que no voy con una chica a cenar a un restaurante.

Odio este tipo de citas. No me gusta comer delante de alguien porque no me considero un tipo educado. Como rapidísimo y odio que pidan platos para compartir. En las comidas siempre hay un gilipollas que dice que se pida algo para compartir…
“¿Qué le hace pensar a ese capullo que yo quiero compartir mi comida? Me comería cualquier cosa ahora mismo.”

Pero bueno, aunque no me guste demasiado la idea de ir a cenar con ella, la verdad es que es bastante tonta y así tiene la boca ocupada con lo que sea que vaya a pedir.  

La cuestión es que son ya las diez y media de la noche. Llevo esperando más de media hora a que llegue esta chica y no aparece. También es cierto que sería una buena opción que me dejara plantado. Me iría a mi casa, calentaría un tupperware con albóndigas que me sobraron del almuerzo y me abriría un litro de cerveza para bebérmelo mientras veo una película.

Llevo mucho tiempo con ganas de ver “Wall-E”. La verdad es que podría ver esa peli, me han dicho que está muy bien… Joder, cualquiera que me viera solo en mi casa bebiendo cerveza y viendo “Wall-E” un sábado por la noche pensaría que soy un cretino y que el suicidio es el siguiente paso.

Bueno, dejo de pensar en estas mierdas porque esta tía se acerca por ahí. Mierda, ¿por qué ha tenido que aparecer? ¿Terminaremos a tiempo para que pueda ponerme “Wall-E”?

-          ¡Hola! ¿Llevas mucho tiempo esperando?
-          No, no te preocupes. Yo acabo de llegar en realidad…

¿Por qué siempre preguntan si llevo mucho tiempo esperando? Es obvio que sí. Quedamos hace 40 minutos y estoy aquí como un capullo esperándote, pero siempre soy educado y respondo que no. No le voy a dar esa satisfacción. Que le jodan.

-          ¿Pasamos adentro?
-          Sí, sí. Aquí hace un poco de frío en realidad…

He dicho dos veces “en realidad”. ¿Qué coño me pasa? Putas coletillas. Al carajo.

Ahora que me fijo, este sitio parece un poco cutre… Odio que los restaurantes tengan televisiones, aunque estén apagadas; es una manía. Cuando estaba en el instituto, tuve que comer todos los lunes y miércoles a lo largo de un año en un bar y siempre tenía problemas con los televisores. La gente solía subirle el volumen para enterarse bien de lo que decían en el programa de mierda que estuvieran viendo y era realmente imposible tener una conversación con mi hermano, que era el que me acompañaba normalmente.

Le contaré la anécdota a ella y ya tengo tema de conversación por un rato.

                                                                          …

-          Pues eso, la verdad es que el simple hecho de ver una televisión en un restaurante me pone enfermo.
-          Ah…

Esta tía no muestra interés por nada. ¿Qué le ha pasado a su cerebro? Tampoco es tan mala la historia, a mí me haría gracia.

Lo que faltaba, hay una hormiga en mi plato.

-          Hay una hormiga en mi plato.
-          ¿En serio? ¿A ver?
-          Sí, sí. Mira.
-          Eso no es una hormiga, ¿no?
-          A mí me parece una hormiga, ¿eh? No sé, ¿le digo algo al camarero?
-          Coméntaselo.
-          Ya pensaba decirle algo por el vaso de todas maneras, la verdad es que está sucio.

A ver si pasa un camarero de una vez, hace un buen rato que no veo ninguno... Ahí está.

-          Perdone, ¿puede venir?
-          Dígame.
-          Hay una hormiga en mi plato. ¿Le importaría traerme uno nuevo?
-          ¿A ver?
-          Mire, mire.
-          No sé qué decirle, aquí se han podido quejar de alguna mosca en alguna ocasión. Pero una hormiga…
-          ¿No la ve?
-          Bueno, le cambiamos el plato.

Hijo de puta. Me ha discutido lo de la hormiga delante de ella. ¿Qué me está contando de que es la primera vez? ¿Y a mí qué coño me importa?

-          Todo te tiene que pasar a ti, ¿no? 
-          Será cosa del karma o alguna mierda de esas…
-          Será, será…
-          Creo que paso del postre, seguro que me toca la cucaracha y es la primera vez también. ¿Nos vamos?
-          Sí.

                                                                      …


 Estamos en la puerta. ¿Y qué hacemos ahora? Voy a intentarlo.

[Le doy un beso]

-          ¿Sabe demasiado a hormiga?
-          Eres un cerdo.

Me voy a quedar con las ganas de “Wall-E”.





miércoles, 11 de julio de 2012

La siesta


Son las 16:30.

Estoy tumbado en la cama, medio dormido.
Para mí es, sin duda, uno de los mejores momentos del día.

Un golpe en el piso de arriba.
Me revuelvo un poco entre las sábanas.
Ya están los vecinos jodiéndome el momento.

Otro golpe. Y otro.
Ahora un grito. Pisadas.

Me levanto de la cama y echo mano de la escoba.
Empiezo a dar golpes en el techo con el palo, pero lo único que consigo es dejar tres feas marcas y doblar el extremo.

Me doy por vencido y empiezo a pensar.

"Hijos de puta... Todas las tardes igual. Necesito unos tapones para los oídos."

Meto la cabeza debajo de la almohada.
Siguen los gritos, los golpes y las pisadas.
Ahora no puedo dormir por el ruido y además me estoy asfixiando.

Me tumbo mirando hacia arriba.
Decido ir a hablar con los vecinos.
Subo las escaleras y me planto frente a la puerta.

"Me han jodido la siesta. Ya no voy a dormir."

Bajo las escaleras y entro en mi casa.
Caliento unas sobras de café.
Enciendo el ordenador.

Veo porno.
Me la casco.
Mientras me la casco llaman al timbre.

Empiezo a pensar que estoy dentro de un capítulo de Mr. Bean.
Mr. Bean no se la casca.

martes, 5 de junio de 2012

Dios

1997

Para mí las clases de religión en el colegio eran una novedad y me gustaban.
Todo lo que no fuera matemáticas era un soplo de aire fresco en mi pequeña rutina, aunque también había algo que me hacía sospechar.

Antes de que empezaran las clases de religión, un grupo pequeño de niños metía sus libros en las mochilas y se iba con otro profesor a otro lugar.
La profesora de religión parecía saber mucho y tener las cosas bien claras.
Nos hablaba sobre la creación de la Tierra y los animales. Dios lo hizo todo y se tomó su tiempo para descansar el séptimo día. Era un tipo aplicado.

Yo no tenía dudas. Todas mis preguntas tenían respuesta y podría vivir tranquilo el resto de mi vida y dedicarme a las matemáticas o a cualquier otra cosa.


Un día (probablemente en el patio del colegio) tuve mi primera discusión trascendental con mi amigo Evaristo. Él era uno de esos niños que cogía sus cosas y se iba para no escuchar las "verdades universales" de la profesora Angustias.

- ¿Tú crees en Dios?
- No.
- ¿Entonces quién creó la Tierra y los animales?
- La Tierra se creó por una masa espacial o algo así.
- ¿Qué?
- Me lo han dicho mis padres.

¿La Tierra se había hecho a partir de una masa espacial? ¿Pero qué cojones hacían los niños mientras yo estaba con la señorita Angustias?

Al día siguiente, levanté la mano en la clase.

- Dime, Antonio.
- La Tierra la creó Dios, ¿no?
- Claro.
- Pues un amigo me ha dicho que se creó a partir de una masa espacial o algo así.

La profesora se puso un poco nerviosa y yo lo noté perfectamente.

- ¿Cómo se llama tu amiguito?
- Evaristo Montaño

Pensé que la profesora respondería a mi pregunta después de decirle yo el nombre de mi amigo. Era un intercambio justo, pero no me dijo nada más. Había sacrificado al pequeño Evaristo para nada.
La clase siguió como si no hubiera pasado nada y yo la odié. Era una zorra mentirosa y yo (un niño de 7 años) lo sabía.

Al salir del aula, vi que la profesora había acorralado a Evaristo en el pasillo.
Le estaba diciendo que no volviera a decir esas cosas a ninguno de sus alumnos y lo estaba haciendo de malas maneras.


Un tiempo después, la conversación volvió a repetirse. Pero esta vez me preguntaban a mí.

- ¿Crees en Dios?
- No.





"En el mundo de la ciencia se escucha muchas veces a un científico decir 'Eso es un buen razonamiento. Mi teoría estaba equivocada'. Sin embargo, no recuerdo la última vez que un político o un religioso dijese lo mismo." Carl Sagan 

sábado, 28 de abril de 2012

Kryptonita


Estos últimos meses he estado bastante ocupado.
Vale, me cuesta mucho a veces ponerme a escribir. Pero también he estado ocupado.

No recuerdo exactamente en qué momento, pero a finales de diciembre de 2011 me dio un pequeño ataque de neurosis/ansiedad/pánico/ira.
Llevaba un tiempo saliendo a correr todos los días. El verano pasado perdí 15 kilos y todo me iba genial. Me estaba tomando muchísimo más en serio los estudios.
Se puede decir que todo iba bien, pero aún había muchos aspectos que tenía que cambiar en mi vida.
Aquel día llamé a mi hermano y salimos a dar un paseo por Sevilla, y más tarde quedé con un amigo para lo mismo.
Las conversaciones se centraron en mi problema, y los distintos puntos de vista de cada uno me hacían ver qué era lo que realmente había que cambiar.

En unas semanas ya estaba saliendo con una chica (Kimberly) y todo iba genial. Mejor que nunca.
Cambié de piso y me fui a vivir con dos compañeras nuevas y un perrito. Son un encanto.
Por primera vez puedo decir que no tengo ninguna queja de nada. 


Bueno (ya empezamos a rectificar), tengo que decir que en el periodo de tiempo que va desde febrero hasta hace un par de semanas me han asaltado dos veces por la calle.

La primera vez fui un poco estúpido. 
Me perdí por una zona jodida de Sevilla por la noche y un tipo en mitad de una calle desierta me sacó un cuchillo y me obligó a darle lo que llevara encima. La broma me salió por 30 euros.
Lo irónico de todo es que mi idea inicial fue ir a vender unos videojuegos a una tienda para sacarme unas pelas. Allí me pidieron el dni para vender y no lo llevaba encima, así que me había dado una caminata enorme para absolutamente nada. Y para colmo me robaron.
No pasé demasiado miedo, simplemente solté la pasta y el tío se largó por donde había venido.
Por lo menos no pudo llevarse el dni de ninguna de las maneras, y 30 euros es un precio que pagaría encantado por no tener que hacer cola por la mañana en la comisaría.


La segunda vez fue mucho más violenta.
Estaba con Kimberly y unos amigos suyos tomándome algo en un sitio y llegó un tipo pidiéndonos un cubata. Le dije que no y cada vez se ponía más pesado, así que al final tuve que decirle que iba a llamar a la policía. [No termino de entender por qué pensé que eso iba a hacer que se fuera.]
El individuo se puso cada vez más violento por eso de la policía y sacó una navaja.

Volví a ser un completo idiota e intenté calmarle y decirle que no quería problemas y que olvidara lo que había dicho, pero él se había enfrascado en una especie de bucle verbal que consistía en contestar a todo lo que yo dijera con "TÚ MESTÁ VASILANDO".

En circunstancias normales (estando solo), habría salido corriendo o me habría apartado. Pero Kimberly estaba a mi lado y sabía que si quería hacer cualquier gilipollez tenía que pensármelo un par de veces. La situación era distinta.

Al final, cuando el yonqui me tenía acorralado por completo y me tenía agarrado con una mano, apareció un grupito de chavales jóvenes que le separaron de mí y empezaron a decirle que tenía "muchos pelos en los huevos" (tendría entre los treinta y los cuarenta años, creo) y que debería darle vergüenza.

Cuando por fin se fue, después del lamentable espectáculo, empezó a gritar algo parecido a "COGÍA UNA EH'COPETA Y ME LIABA A TIRO..." y por fin desapareció.

La siguiente media hora de la noche estuve en completo shock.
Un tío me había tenido agarrado con una navaja y yo, al no saber qué coño hacer, me había quedado quieto. Podría haberle roto la nariz de un puñetazo, pero no lo hice. No habría sido difícil.
Y ahora mismo podría estar muerto y todo se resumiría al día siguiente en un pequeño párrafo en cualquier periódico local.

"Chico amanece muerto en Sevilla agujereado como un colador."

¿En serio? ¿Puede acabar así mi vida?
No sería ni el primero ni el último.

Tengo que reconocer que toda esta historia me ha quitado un par de noches de sueño.
Han sido un par de situaciones desagradables que me han hecho pensar que por muy bien que nos vayan las cosas, no somos superhéroes.
Justo cuando las cosas no pueden ir mejor, hay algo que se desmorona y tú tienes que tener las ideas frescas en todo momento para no volver a hundirte.

Supongo que por muy bien amueblada y limpia que tengas la casa, siempre puede venir un sobrinito y destrozarlo todo. ¿No?




sábado, 4 de junio de 2011

Fiesta familiar

Hace poco ha sido la primera comunión de mi hermano pequeño.
Llevaba 10 años más o menos sin pisar una iglesia, así que entré con miedo a que las paredes se pusieran a sangrar y me salieran un par de cuernos. Gracias a dios (nunca mejor dicho) eso no ocurrió, y estuve lo justo y necesario allí dentro.

Ir a la iglesia es lo más parecido a ir al gimnasio que he hecho desde hace mucho tiempo. Para empezar, me moría de calor con el traje y no paraba de sudar. Esto sería el equivalente a una sauna, vamos.
Para seguir, el cura no paraba de hacer gestitos cada dos por tres para que nos levantáramos y nos sentáramos. Oiga, ¿para qué coño están los bancos? ¿Se trata de un programa especial para compaginar religión y ejercicio?

Otra cosa que me llamó la atención fue que siempre había alguien un poco perdido, mirando a los demás a ver si estaba haciendo lo correcto o si debía sentarse o levantarse (yo el primero, por supuesto).
En una ocasión, el cura dijo algo de darse las manos. Y eso ya fue el caos. Unas filas cogidas de las manos, otras mirando qué hacer...
Un señor vio que la mayoría no estaba de la mano y se la soltó al de al lado. El tipo pensaría:

"A tomar por culo, si el cura no lo dice, ¿para qué coño le voy a coger la mano a éste?"

Hilarante.


Hubo un momento realmente incómodo para mí.
Yo me había distraído mirando hacia el techo un momento, y para cuando volví en mí estaba todo el mundo dándose besos y diciendo: "La paz sea contigo."
A mi izquierda había un señor que no conocía de nada y se me quedó mirando.

-¿Es realmente necesario? - le pregunté.

El señor negó con la cabeza y miró hacia delante.


Por supuesto, yo no era el único que tenía interés por que acabara la misa. Hubo "familiares" (entre comillas porque no estoy al cien por cien seguro de que compartamos un solo gen) que aparecieron directamente en el banquete. Esto es, sin duda, una postura inteligente. Me imagino que algunos se habían metido demasiado en el papel religioso... En el papel de Judas, por supuesto.
Bueno, dejémonos de chistes religiosos, que ni siquiera a mí me hacen puta gracia.

Estoy sentado por fin en la mesa del número que me han asignado. En la lista de invitados (visible para todo el mundo) leo mi nombre en primer lugar. Pone "Antoñito".
Mi padre me dijo que me iban a sentar con un montón de chicas guapas y despampanantes, y en la lista pone "Antoñito". Una broma pesada, imagino.

Aquí entran en juego algunos de los puntos bonitos que tienen este tipo de celebraciones (no hablo de la barra libre).
Cuando se sienta todo el mundo en la mesa, me doy cuenta de que más o menos conozco a todos. Pero a la mayoría (todas chicas) hacía 10 años que no las veía, porque son de Sevilla y no nos vemos nunca. Para mi sorpresa estaban muy crecidas. Y no sólo ellas, también las chicas.

Me senté en la mesa entre uno de mis primos y mi hermano, y empezamos a beber.
No paraban de traer vinos y jarras de cerveza y tinto, así que a partir de aquí mis ánimos empezaron a cambiar, por no decir otra cosa.

Al rato se me acercó una amiga de mi padre, diciéndome que me fijara en su hija y que hablara con ella.
Le dije que sí para que se callara (espero que no lea esto), y seguí a mi rollo.

Al cabo del rato volvió a aparecer, y no sólo una vez, sino varias. Su hija, de unos 15 años, no paraba de mirarme sonriendo y la situación estaba empezando a incomodarme un poco.

-¿Te has fijado en las pechugas que trae?- me decía.

-Eh... No, no. La verdad es que con las prisas no me ha dado tiempo a detenerme.
-Pero qué soso eres, de verdad. Con lo guapa que viene mi hija...
-Tiene 15 años, pero que si quieres me la follo aquí mismo. ¿No te jode?
 
Lo último no lo dije.
 
En fin, el resto del día fue genial, para qué mentir. Me lo pasé muy bien, estuve con mucha gente, incluyendo primas lejanas con las que no guardo parentesco alguno.
Me resulta gracioso ver cómo una fiesta religiosa de este tipo puede llegar a convertirse en una orgía.

-¡Hasta luego! -me despedí de las chicas.
-¡Adiós, Antoñito!




domingo, 18 de julio de 2010

"Tíos, yo me voy"

En serio, es muy divertido ver como nos exprimimos el cerebro para ver qué podemos hacer un sábado por la noche.

Los sábados suelo estar en mi casa por la mañana llamando por teléfono a este, al otro, al de más allá... Preocupadísimo porque "E" no coge el teléfono o porque "J" no se conecta al messenger.

Ayer llegamos a un acuerdo: "Tío, vamos a la casa de uno de nosotros para hacer tiempo hasta que salgan los demás."


Estamos en casa de "E", que suele ser la más céntrica, el cuartel general vamos. Nos pasamos la tarde jugando a la consola, mirando cosas en el ordenador, merendando, riéndonos... Y cuando llega la hora de salir, a eso de las 22:30 normalmente, me digo a mí mismo:
"Joder. ¿Salir para qué?"


He estado pasándomelo bien, sentado, cómodo y haciendo lo que me gusta, pero ahora tengo que salir porque tengo 19 años y estoy obligado a relacionarme con personas en la calle, tomarme una, dos, tres cervezas que no me van a sentar muy bien, andar de un lado para otro meándome a las 2 de la mañana sin saber exactamente a dónde ir, y cuando por fin nos sentamos en un sitio nos tenemos que levantar porque siempre hay alguien que quiere hacer otra cosa.


Y me dicen: "Sí, hoy vamos a tal sitio y verás como alguna cae"

Alguna cae... Lo único que me cayó ayer encima fue la cerveza de un tío que acababa de conocer, y lo peor es que no me acuerdo ni de su nombre.


"Tíos, yo me voy"

A tomar por culo, un sábado menos


Antonio Pérez

miércoles, 14 de julio de 2010

¡Por Dios!

Mi familia acaba de volver de Galicia. Mi hermano me ha regalado una botella muy graciosa de licor de no recuerdo qué y mis padres me han comprado una camiseta en la que pone: GALICIA (rodeada de todo tipo de monumentos caricaturizados)... Vaya, de esas que luego uso para dormir.

Pero lo que más me ha gustado ha sido una foto que acabo de ver en el ordenador tomada en la catedral de Santiago de Compostela.
Ahora resulta que para encender una vela en la iglesia hay que mandar un sms con "mivela santiago01" al 25000. No digo más.



Antonio Pérez

jueves, 8 de julio de 2010

Paradoja espacio-temporal

Hace un rato estaba picadísimo intentando conectar la xbox a internet a través de mi portátil.
Tras horas de frustración y de pruebas de tutoriales por un tubo, me habla mi ex por el msn y me dice que tiene que contarme algo realmente curioso:

-Resulta que mis padres me han regalado un viaje a París
y en el pack entra P. (su nuevo novio)... Y bueno, resulta que me estoy leyendo la guía que me regalaste de París y Versalles... A mí me ha hecho gracia

-Si, lo cierto es que tiene toda la gracia.

­­­­­-Sabía que la tenía...

-Sobre todo cuando te dije que la guía era para cuando fuéramos tú y yo juntos
por eso de que te hacía mucha ilusión ir a París.
­­­­­­­­­
-¿Ves? De eso no me acordaba.
También conservo el dinero que traje de Liverpool (que usaría para cuando volviéramos la próxima vez).

A tomar por culo la xbox

lunes, 10 de mayo de 2010

"Va por vosotros"

Pongámonos en situación...

Es sábado por la noche, y todo el mundo va al mismo sitio, en este caso estoy hablando del "botellódromo".
El botellódromo es un lugar mágico... No se qué cojones tiene, pero la gente que te cruzas allí siempre te va a parar para saludarte, aunque te conozca de dos días.
¡¿Qué más da hombre?! ¡Estamos de fiesta! Casi todos estamos borrachos, y nos llevamos bien.

Al día siguiente vamos andando por la calle y nos encontramos al tío ("X") que la noche del sábado te abrazó y estuvo hablándote como 15 minutos sin parar, sonriendo como el que más...
Y nos lo cruzamos a dos metros de distancia y le levantas una mano en plan: "¡Hey X!"
Y "X" te vuelve la cara como si no te conociera y sale corriendo.

Volviendo al "botellódromo", siempre está "el charlatán". "El charlatán" está tan aburrido que le da igual ponerle una pistola en la cabeza al primer medio-conocido que se pase por delante con tal de tirarse hablando de todo lo que pueda hasta que su grupo de amigos se mueva de un lado para otro. Cuando nos cruzamos con "el charlatán" sabemos que tenemos que disimular al máximo y mezclarnos entre la multitud al instante. Si nos pilla se acabó, porque no tenemos la habilidad suficiente para cortarle la conversación y despedirnos. A los 10 minutos ya estamos diciendo cosas como: "Ah... si... oye que yo... si... me... si, si... oye... bueno sigue, sigue...".

Lo más gracioso de todo es que preguntes a quien preguntes te dirá: "No no, yo el botellódromo lo odio. En serio, no voy nunca..."
También es mi caso, pero por razones superiores a la física siempre hay algo que nos hace volver.


Antonio Pérez

PD: Suelo firmar las entradas con mi nombre para que sepaís que estas mierdas las escribe un servidor

jueves, 15 de abril de 2010

Otro día

Pongo el despertador como siempre sobre las 7, me levanto como puedo, me meto en la ducha, me visto sin pensármelo mucho, desayuno un zumo de naranja y una tostada con mantequilla, me cepillo los dientes, cojo la carpeta con los apuntes y mi bolígrafo, espero el autobús, y cuando llega y empieza a subirse la gente me doy media vuelta, entro en mi casa, me desnudo, tiro la ropa, dejo la carpeta y el bolígrafo en el primer sitio que veo, pongo el móvil en silencio y me meto de nuevo en la cama, me levanto sobre las 17:00, paso de comer, enciendo el ordenador, lo apago, ceno cualquier mierda, vuelvo a encender el ordenador, son las 22:00, me veo otra peli, son las 23:40, pongo música, me tumbo en la cama, me quedo dormido...

Antonio Pérez








domingo, 13 de diciembre de 2009

Cursilada

Hoy pensaba hablar sobre ese tipo de siestas que te echas cuando estás deprimido. De esas que al levantarte tras 4 horas de letargo sientes que estás desperdiciando tu vida.

Sin embargo, me he propuesto no deprimir hoy a nadie (aunque no prometo nada), así que contaré uno de esos incidentes curiosos que nos pasan de vez en cuando. Una de esas historias que parece que no significan nada cuando ocurren, pero que en el fondo te dejan un poquito tocado.

(La verdad es que no me gusta nada como estoy escribiendo hoy, será que es tarde y tengo sueño, así que esta entrada está expuesta a futuras correcciones.)

Eran las 22:30 de un jueves, y llevaba relativamente poco tiempo instalado en Sevilla como estudiante.
Mi residencia está en los límites de la ciudad, así que resulta imposible volver andando a mi habitación tras una noche de fiesta (borrachera) si no quiero terminar tirado en el suelo.
Como todavía era temprano decidí coger el autobús de la línea 6, que me dejaba en Barqueta, que era donde había quedado con un amigo para más tarde ir a tomar algo.
Me preguntaba si en Sevilla existía una línea nocturna de autobuses, y en caso de que así fuera, quería saber a qué hora pasaba y su recorrido.

Tengo que confesar que por esas fechas mantenía una "relación" con una chica, pero no era nada sustancial por así decirlo, así que tampoco me cerraba ante la posibilidad de conocer a una chica que mereciera la pena.

El autobús estaba tardando bastante en llegar, y de repente apareció una chica de más o menos mi edad. Se sentó en uno de los asientos de la parada y se quedó mirando al frente, impasible, aunque de vez en cuando me miraba de reojo.
Yo estaba de pie apoyado sobre una barra de acero de la parada, con las manos metidas en los bolsillos.

Había algo que me incitaba a iniciar una conversación con ella, así que, sin importarme mucho la respuesta, le pregunté si sabía hasta que hora pasaban los autobuses.
Ella me miró sonriendo y empezó a decirme que no tenía mucha idea, porque solo cogía la línea 6 para volver a su casa después del gimnasio.
Creo recordar que comenté algo sobre mi experiencia con los gimnasios, y ella se rió.

Hubo una pausa y nos miramos sin dejar de sonreír.
Finalmente, me preguntó qué estaba haciendo yo en Sevilla (previamente le había comentado que no era de Sevilla), así que le conté que estaba estudiando Comunicación Audiovisual y que acababa de llegar como quien dice.

Fué extraño, porque nunca me había sentido tan cómodo hablando con un extraño, así que me terminé sentando a su lado.
Hice algún que otro comentario cómico sobre mi vida y mis manías (lo típico), y ella respondia a todo riéndose y hablándome de sus cosas.

Era curioso como se iba haciendo cada vez más atractiva. Me proporcionaba una especie de complicidad que no me daba en aquel momento una chica con la que llevaba ya 4 meses "saliendo".

Se hizo muy largo, hablamos de nuestra rutina diaria, de por dónde salíamos, y finalmente le dije:

-Por cierto, soy Antonio, encantado.

Ella me dió la mano y contestó:

-Yo soy Mercedes.

Los dos nos sonreímos y llegó el autobús.
Ella entró primero, y se sentó en la parte trasera mientras yo pagaba al conductor.

Pensé sentarme a su lado, pero una vez dentro del autobús es como si todo fuera otro mundo.
No quería ser un pesado por una parte, y la naturalidad inicial con la que habíamos comenzado a charlar se desvaneció.

Así que pensé que no era una buena idea sentarme con Mercedes, y me quedé de pie frente a la puerta principal.

Antonio Pérez

domingo, 6 de diciembre de 2009

Humphrey Bogart

A veces te das cuenta de que lo que creías malo no lo era tanto.

Ahora me encuentro buscando algo lo más parecido posible a lo que entonces tuve, pero en el fondo sé muy bien que no lo voy a encontrar. Solo puedo llegar a algo similar en el mejor de los casos.

Hoy me encontré con ella y me di cuenta de que, aunque la rechacé en su momento, había sido entonces todo lo que necesito ahora.
No sigo enamorado de ella ni mucho menos, pero un aire nostálgico me invadió de repente... Y cuando se despidió, después de tanto tiempo, me sentí como Bogart en "Casablanca".

Me metí las manos en los bolsillos y me di la vuelta, solitario, sintiendo el frío de diciembre en los huesos, y provocando una pequeña nieblecilla de vaho al respirar por la boca...

Hasta siempre

Antonio Pérez