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martes, 23 de octubre de 2012

Jim Jarmusch


Pepe es un tipo 6 años mayor que yo. Es domador de caballos y ahora es mi compañero de piso. Cuando llega del trabajo a las ocho de la tarde pueden pasar dos cosas distintas: o hace unos abdominales, o se lía un canuto.

Es sábado. Lo primero que hace al llegar esa noche es liarse un canuto. Yo estoy sentado en el salón y él se sienta a mi lado. Hablamos sobre coches; no sé nada de coches. Una de las cosas que me fascinan de él es que, aunque no tenemos nada en común, podemos hablar de cualquier cosa; aunque uno de los dos no pueda seguir la conversación. Cuando alguno pierde el hilo, nos reímos y decimos alguna gilipollez. A veces ni siquiera estoy seguro de que me esté escuchando.

Pepe se toma su tiempo con el porro y cuando va por la mitad me lo pasa, sin decir nada. Simplemente estira el brazo y yo lo cojo, doy unas caladas y se lo devuelvo. Ha pasado un rato y nos estamos muriendo de hambre, me levanto del sofá y voy a la cocina a por el típico folleto de comida a domicilio que está sujeto a la puerta de la nevera con un imán. Los dos tenemos muy claro que queremos un kebab. Descuelgo el teléfono y marco el número del folleto. Cuando estoy haciendo el pedido miro a Pepe durante un par de segundos, me da un ataque de risa y cuelgo. Vuelvo a llamar una y otra vez, pero comunica. Finalmente, el tipo del kebab me contesta y yo vuelvo a reírme y le cuelgo. No nos queda otra que ir al restaurante a recoger la comida.


martes, 5 de junio de 2012

Dios

1997

Para mí las clases de religión en el colegio eran una novedad y me gustaban.
Todo lo que no fuera matemáticas era un soplo de aire fresco en mi pequeña rutina, aunque también había algo que me hacía sospechar.

Antes de que empezaran las clases de religión, un grupo pequeño de niños metía sus libros en las mochilas y se iba con otro profesor a otro lugar.
La profesora de religión parecía saber mucho y tener las cosas bien claras.
Nos hablaba sobre la creación de la Tierra y los animales. Dios lo hizo todo y se tomó su tiempo para descansar el séptimo día. Era un tipo aplicado.

Yo no tenía dudas. Todas mis preguntas tenían respuesta y podría vivir tranquilo el resto de mi vida y dedicarme a las matemáticas o a cualquier otra cosa.


Un día (probablemente en el patio del colegio) tuve mi primera discusión trascendental con mi amigo Evaristo. Él era uno de esos niños que cogía sus cosas y se iba para no escuchar las "verdades universales" de la profesora Angustias.

- ¿Tú crees en Dios?
- No.
- ¿Entonces quién creó la Tierra y los animales?
- La Tierra se creó por una masa espacial o algo así.
- ¿Qué?
- Me lo han dicho mis padres.

¿La Tierra se había hecho a partir de una masa espacial? ¿Pero qué cojones hacían los niños mientras yo estaba con la señorita Angustias?

Al día siguiente, levanté la mano en la clase.

- Dime, Antonio.
- La Tierra la creó Dios, ¿no?
- Claro.
- Pues un amigo me ha dicho que se creó a partir de una masa espacial o algo así.

La profesora se puso un poco nerviosa y yo lo noté perfectamente.

- ¿Cómo se llama tu amiguito?
- Evaristo Montaño

Pensé que la profesora respondería a mi pregunta después de decirle yo el nombre de mi amigo. Era un intercambio justo, pero no me dijo nada más. Había sacrificado al pequeño Evaristo para nada.
La clase siguió como si no hubiera pasado nada y yo la odié. Era una zorra mentirosa y yo (un niño de 7 años) lo sabía.

Al salir del aula, vi que la profesora había acorralado a Evaristo en el pasillo.
Le estaba diciendo que no volviera a decir esas cosas a ninguno de sus alumnos y lo estaba haciendo de malas maneras.


Un tiempo después, la conversación volvió a repetirse. Pero esta vez me preguntaban a mí.

- ¿Crees en Dios?
- No.





"En el mundo de la ciencia se escucha muchas veces a un científico decir 'Eso es un buen razonamiento. Mi teoría estaba equivocada'. Sin embargo, no recuerdo la última vez que un político o un religioso dijese lo mismo." Carl Sagan 

domingo, 18 de julio de 2010

"Tíos, yo me voy"

En serio, es muy divertido ver como nos exprimimos el cerebro para ver qué podemos hacer un sábado por la noche.

Los sábados suelo estar en mi casa por la mañana llamando por teléfono a este, al otro, al de más allá... Preocupadísimo porque "E" no coge el teléfono o porque "J" no se conecta al messenger.

Ayer llegamos a un acuerdo: "Tío, vamos a la casa de uno de nosotros para hacer tiempo hasta que salgan los demás."


Estamos en casa de "E", que suele ser la más céntrica, el cuartel general vamos. Nos pasamos la tarde jugando a la consola, mirando cosas en el ordenador, merendando, riéndonos... Y cuando llega la hora de salir, a eso de las 22:30 normalmente, me digo a mí mismo:
"Joder. ¿Salir para qué?"


He estado pasándomelo bien, sentado, cómodo y haciendo lo que me gusta, pero ahora tengo que salir porque tengo 19 años y estoy obligado a relacionarme con personas en la calle, tomarme una, dos, tres cervezas que no me van a sentar muy bien, andar de un lado para otro meándome a las 2 de la mañana sin saber exactamente a dónde ir, y cuando por fin nos sentamos en un sitio nos tenemos que levantar porque siempre hay alguien que quiere hacer otra cosa.


Y me dicen: "Sí, hoy vamos a tal sitio y verás como alguna cae"

Alguna cae... Lo único que me cayó ayer encima fue la cerveza de un tío que acababa de conocer, y lo peor es que no me acuerdo ni de su nombre.


"Tíos, yo me voy"

A tomar por culo, un sábado menos


Antonio Pérez