Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de diciembre de 2013

Algo nuevo de hace tiempo

Si no vivo solo es porque no puedo permitírmelo. Cuando consiga algo de dinero, lo primero que haga será alquilar un pequeño estudio para mí solo. La gente entra y sale de mi piso como si fuese una absurda prolongación del espacio público; es algo que realmente me molesta. Al principio me preocupaba por cuidar mi aspecto, más tarde dejé de ponerme los pantalones y creo que el resto es obvio. Soy el monstruo que vive encerrado en el cuarto oscuro de la casa. Mi nueva compañera de piso ya me presentó una vez como “el raro”, literalmente. Es difícil hacerle ver a la gente que estás cansado de tratar con las personas, o que sencillamente llevas un modo de vida solitario. Mi compañera de piso es francesa y ha conseguido que llegue a odiar a una nación entera. Casi puedo llegar a comprender a Hitler gracias a ella. No acepta nunca un NO por respuesta. Tengo que comer verduras ecológicas porque ella quiere, tengo que ir a su jodido concierto de música fusión porque ella quiere, tengo que ver su ridículo cine francés porque ella quiere, tengo que soportar a sus amigos filósofos cada uno de los días de mi jodida existencia mientras viva en este puto piso PORQUE ELLA QUIERE. ¿Es tan difícil dejar a alguien tranquilo? El problema no es que ODIE a la gente, sino que hay personas que imponen sus modos de vida como esta tía. Ella ni siquiera se molesta en preguntarme si algo me apetece o no, ni siquiera se molesta en dejar de hablar de ella misma, y todos la admiran y veneran. Por culpa de personas como ella empiezo a pensar que estoy realmente loco, que estoy lejos de encontrar una solución a ello. Al principio pensaba que eran etapas, pero las etapas se convierten en décadas y la gente sonríe feliz por la calle mientras yo, con el cadáver de mi madre sentado en una mecedora, interpreto mi propia versión de Norman Bates. Las mujeres no ayudan, ellas me absorben y me convierten en algo suyo. Ellas transforman el amor en un contrato y todo se convierte en una obligación, y luego lloran y lloran y yo me siento culpable; y si esto sucede en la calle todos me observan y muchos de los hombres que andan cerca con otras mujeres se paran a mirar y se plantean la posibilidad de intervenir y convertir mis gafas, mis dientes, mis orejas y mi cara en la misma cosa inútil. Unos meses atrás cometí la insensatez de adoptar un cachorro de mastín. Tengo muchas interpretaciones distintas para dar explicación a un fenómeno tan extraño como fue aquel impulso. Sea como sea, me sigo preguntando cuánto tiempo seguirá creciendo esta bestia. ¿Terminará devorándome? De cualquier modo sigue siendo mucho más gratificante que mantener una relación de amistad con un ser humano. Los humanos te devoran y te engullen a su modo, y la mayoría de las veces ni se molestan en escupir tus huesos. Al menos ya no puedo decir que esté completamente solo. Ahora estoy tumbado en la cama fumando un cigarrillo y tapado con una manta hasta la cintura, un sábado por la tarde. Las risas de los niños atraviesan los cristales y es imposible aislarse del todo. Soy un viejo de veintidós años en una postura terminal preguntándose por milésima vez el sentido de todo. Solo espero que esto no termine convirtiéndose en la carta de un suicida. Puede que una gran parte del problema sea el tiempo. Las personas se olvidan del tic-tac del reloj y hacen cosas e intentan llevar una vida normal. La muerte es algo que está presente en cada uno de los minutos de mi vida, invadiendo mi alma como un cáncer. Por eso odio cuando las personas como mi compañera de piso reclaman mi preciado tiempo para hacer con él lo que se les antoja, que la mayoría de las veces es tirarlo por el retrete. Y es el miedo a perder el tiempo o a acabar en el olvido lo que me impide hacer cosas y disfrutar del momento que me ha sido establecido. Dentro de unos cien años ya no quedará ni una sola huella de mí en este jodido mundo, cosa de la que quizás debería sentirme orgulloso. Probablemente, a lo mejor, puede ser, quizás… Todo es una duda. Una estúpida y cómica duda. Debería gastarme todo mi dinero en alcohol, en drogas, en putas y en comida para perro.

sábado, 2 de marzo de 2013

La paja


Al final de la conversación me encontraba en el salón, de pie. Arrojé el teléfono móvil sobre uno de los dos sofás que componían el centro de la habitación y, por algún extraño motivo, decidí que era el momento perfecto para cascármela; no quería pensar en otra cosa que no fuese mi mano frotándose sobre mi nabo. Al carajo todas las mujeres de carne y hueso del mundo, me conformaba con una proyección cuando el amor dejaba de tener sentido. Al fin y al cabo, siempre había sido así cuando me rechazaban en el instituto, cuando lo único a lo que podía aspirar con la cara repleta de pústulas y de pus era a provocar asco, repulsión y, con un poco de suerte, lástima. ¿Dónde habían estado las mujeres entonces? ¿Dónde había estado mi madre?
No fue difícil encontrar un vídeo que me excitara. Una mujer rubia, teñida, con rasgos asiáticos, era embestida una y otra vez por un macho blanco de tupé y patillas a lo Elvis. Me puse manos a la obra, en el sagrado salón de la casa de mi familia, donde media hora antes había estado cosiendo la mujer de mi padre y jugando mi hermano pequeño a la consola. Al principio pude concentrarme en el simple hecho de masturbarme, pero poco a poco fui desviando la atención hacia otro factor que, dependiendo de la perspectiva que pudiera suscitar dicha situación, podría tratarse de un detalle nimio: aquella pareja estaba disfrutando; por primera vez en muchísimo tiempo encontraba un vídeo en el que una mujer disfrutaba del sexo sin pretensiones mientras era filmada. Las piernas de la chica rubia, teñida y de rasgos asiáticos temblaban en el vaivén del proceso y sus gemidos no eran teatro. No sabría explicarlo mejor, pero es tan simple como eso, como que en sus suspiros, en sus gimoteos, en su mirada o en sus movimientos no había el menor atisbo de pretensión o teatro, nada era forzado. Pensé que aquel polvo, grabado a lo mejor años atrás, tenía todo el sentido del mundo; es decir, aquellas dos personas que follaban para otras miles, quizás millones de personas, seguirían follando digitalmente hasta, quizás, el final de nuestra civilización, y lo seguirían haciendo con ganas mientras el resto de los humanos se odian, se insultan, se destruyen y autodestruyen, se incineran, se drogan, se envilecen y dan paso a otra generación de humanos que se odian, se insultan, se destruyen y autodestruyen, se incineran, se drogan y se envilecen; y mi paja progresaba hasta que, definitivamente, me corrí sobre un pañuelo de papel arrugado.

lunes, 11 de febrero de 2013

El chicle


Habían quedado en la puerta de una librería del centro. Elisa llegaba tarde a la cita, como siempre. Al encontrarse ambos, Roberto pudo analizar su aspecto y descubrir que volvía a aparecer en chándal, despeinada, como recién levantada. Roberto no se había arreglado demasiado y tampoco perfumado, pero, aunque la llevaba sin remeter, había elegido su mejor camisa. También se había peleado con el peine, objeto que empezaba a odiar (quizás porque estaba empezando a perder pelo, cosa que le producía pánico).

Elisa llegó a Roberto, al fin, y le besó; fue un beso breve y el chico notó el sabor y el olor a tabaco en la boca de ella. Elisa no había cuidado ninguno de los aspectos físicos básicos para la cita, y este último empezaba a sentirse como un completo idiota.

-         ¿Quieres un chicle? –dijo Roberto, con sutileza.
-         ¿Por qué iba a querer un chicle? –contestó Elisa-. ¿Acaso me huele mal el aliento?
-         Yo no he dicho eso, simplemente acabo de comprar unos chicles viniendo hacia aquí y te he ofrecido uno. ¿Siempre tienes que estar a la defensiva?

Elisa entró primero en la librería, dando la espalda a su novio y zanjando así la discusión. Una vez dentro, cada uno se dirigió a una sección diferente: él empezó a ojear algo por la de ciencia ficción y ella se detuvo en poesía. Al cabo de un rato, volvieron a encontrarse en el pasillo y Elisa llevaba un tomo de Baudelaire.

-         Me encanta la poesía, deberías leer poesía –dijo ella.
-         No es algo que suela apetecerme, pero aun así me he leído “Les fleurs du mal” -dijo, señalando el libro que ella llevaba agarrado.

Roberto se acercó a Elisa y, acariciándole el trasero y haciendo un duro esfuerzo por olvidarse del sabor a tabaco, la besó apasionadamente. Ella, pese a su dejadez manifiesta cuando se trataba de verle a él, era una chica preciosa. Se habían conocido en una exposición de arte contemporáneo, entre figuras que pretendían llegar a insinuar algo, de cualquier forma o manera. Elisa llevaba una camisa blanca y una falda de cuadros ajustada que dejaba ver sus muslos hasta límites escandalosos; la atracción entre los dos fue prácticamente inmediata.

El beso no duró lo suficiente ni tuvo el efecto esperado, ella se separó de él con un ligero empujoncito y se dirigió otra vez a la sección de poesía. Roberto se quedó plantado en el pasillo observándola durante un rato, esperando que le devolviese la mirada, pero ella no parecía advertirlo o simplemente no quería seguir con el juego.

Al cabo de un rato, Elisa se acercó a un chico que rondaba por allí e inició una conversación con él. A juzgar por el tono, Roberto se percató de que le estaba preguntando algo, pero no podía estar seguro porque no escuchaba claramente lo que se decía desde su posición, y la música de ambiente tampoco ayudaba demasiado. El corazón de Roberto empezó a latir con furia, éste podía notar cómo la sangre caliente llegaba a su cabeza y volvía a bajar por el cuello hasta sus puños, que se cerraron violentamente. Optó por acercarse a Elisa, y mientras lo hacía tenía la sensación de que cada uno de sus pasos resonaba por toda la librería. Llegó hasta ella y pasó un brazo por su cintura.

-         Elisa, cariño, tengo hambre. ¿Te apetece que nos vayamos a cenar a algún sitio?
-         Un segundo, Roberto, estoy hablando con este chico.
-         Soy Samuel, por cierto –dijo el intruso, y estrechó la mano de Elisa a modo de presentación. Después miró a Roberto y, dubitativo, le ofreció también a él su mano. Éste miró a otro lado, disimuladamente.
-         ¿Pero a ti qué coño te pasa? –preguntó Elia, dirigiéndose a su novio.
-         ¿De qué estás hablando?
-         Vienes aquí como un machito intentando marcar territorio. ¿Acaso no puedo mantener una jodida conversación con alguien?

Samuel miraba a otro lado, intentando apartarse de la conversación, pero desde el punto de vista de Roberto lo estaba empeorando todo con esa actitud de buenazo hijo de puta.

-         Mira –comenzó Roberto-, estás sacándolo todo de quicio hablando así delante de un completo desconocido. ¡Me estás dejando peor que a una mierda!
-         Será porque eres peor que una mierda.
-         Además, le estás preguntando algo de “Las flores del mal” y antes te dije que yo lo había leído. ¿Soy tan insoportable para ti que ni siquiera podemos mantener una puta conversación?
-         Me voy –concluyó Elisa. Agarró el brazo de Samuel y los dos salieron por la puerta de la librería.

Roberto nunca se había enamorado de una mujer, pero por algún motivo consideraba que Elisa era distinta a las demás y siempre había intentado tratarla de la mejor manera. Ahora se había ido con otro tío y no sabía si se trataba de una simple lección o no, si volvería a él o, por el contrario, desaparecería para siempre, pero lo que Roberto sabía seguro era que la quería. En una de las manos tenía agarrado un ejemplar de “Yo, robot”, y no había reparado en ello hasta un rato después de que Elisa saliese por la puerta con aquel tipo. Roberto dejó el libro en una estantería al azar de la sección de poesía y salió de allí, en dirección a su casa. 


viernes, 21 de septiembre de 2012

Mujeres

Últimamente no puedo pegar ojo hasta las 5 de la madrugada. Lo curioso es que tampoco me levanto más tarde de las 11. Llevo así un par de semanas y se nota sobre todo en las ojeras que tengo. Estoy perdiendo peso otra vez, y entre eso y las ojeras me da la sensación de que estoy un poco enfermo.

Llevo dos semanas esperando a que empiece el curso y no tengo nada que hacer por las tardes. 
A mediados de septiembre terminé los exámenes y entonces empezaron mis vacaciones. Sin presiones; solo. 
El primer fin de semana me quedé solo en mi piso y estuve viendo películas y bebiendo toda la noche, hasta el amanecer. 

Sentirse deprimido es algo que no está tan mal a veces. Hay etapas de euforia y hay etapas en las que simplemente te apetece estar solo y deprimido. A fin de cuentas nacemos solos y morimos solos. Este comportamiento es más bien, en mi caso, un proceso de aceptación de estas condiciones.

El martes siguiente decidí darme un paseo por el centro. Esperaba que me pasara algo interesante sobre lo que poder escribir, pero no pasó nada. Pensé que necesitaba algo para leer y terminé comprándome un libro de Bukowski: "Mujeres".
Cuando pagué el libro estuve un rato esperando y mirando a la chica de la caja. Fue un momento incómodo porque no metió el libro en ninguna bolsa y yo esperaba que lo hiciera. Le pregunté si estaba todo listo y me dijo que sí. Hice el camino de vuelta a casa con el libro en la mano y pensé que no era justo. 

Desde el martes lo único que hago por las noches es leer y leer. 

Anoche me paré en un párrafo del libro. Lo leí varias veces y terminé poniendo una marca en esa página.


"Mindy se apretó contra mí y me besó. Fue un largo beso. Se me empalmó la polla.
Últimamente había estado tomando mucha vitamina E. Yo tenía mis propias ideas sobre el sexo.
Estaba constantemente cachondo y me masturbaba continuamente. Le hacía el amor a
Lydia y luego por la mañana volvía a mi casa y me masturbaba. El pensamiento del sexo como
algo prohibido me excitaba más allá de toda razón. Era como un animal aplastando a otro hasta
la sumisión. 
Cuando me corría  sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando
por las cabezas y almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido
una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras 
mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu
alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarla para mí.
Básicamente deseaba prostitutas, porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal.
Nada se perdía cuando ellas se iban. Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y 
cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar. De cualquier manera estaba perdido.
Un hombre fuerte pasaría de ambos tipos. Yo no era fuerte, así que continuaba bregando
con las mujeres, con la idea de mujeres."



viernes, 24 de agosto de 2012

"Hay una hormiga en mi plato"


Hoy es un día especial. Hace meses que no voy con una chica a cenar a un restaurante.

Odio este tipo de citas. No me gusta comer delante de alguien porque no me considero un tipo educado. Como rapidísimo y odio que pidan platos para compartir. En las comidas siempre hay un gilipollas que dice que se pida algo para compartir…
“¿Qué le hace pensar a ese capullo que yo quiero compartir mi comida? Me comería cualquier cosa ahora mismo.”

Pero bueno, aunque no me guste demasiado la idea de ir a cenar con ella, la verdad es que es bastante tonta y así tiene la boca ocupada con lo que sea que vaya a pedir.  

La cuestión es que son ya las diez y media de la noche. Llevo esperando más de media hora a que llegue esta chica y no aparece. También es cierto que sería una buena opción que me dejara plantado. Me iría a mi casa, calentaría un tupperware con albóndigas que me sobraron del almuerzo y me abriría un litro de cerveza para bebérmelo mientras veo una película.

Llevo mucho tiempo con ganas de ver “Wall-E”. La verdad es que podría ver esa peli, me han dicho que está muy bien… Joder, cualquiera que me viera solo en mi casa bebiendo cerveza y viendo “Wall-E” un sábado por la noche pensaría que soy un cretino y que el suicidio es el siguiente paso.

Bueno, dejo de pensar en estas mierdas porque esta tía se acerca por ahí. Mierda, ¿por qué ha tenido que aparecer? ¿Terminaremos a tiempo para que pueda ponerme “Wall-E”?

-          ¡Hola! ¿Llevas mucho tiempo esperando?
-          No, no te preocupes. Yo acabo de llegar en realidad…

¿Por qué siempre preguntan si llevo mucho tiempo esperando? Es obvio que sí. Quedamos hace 40 minutos y estoy aquí como un capullo esperándote, pero siempre soy educado y respondo que no. No le voy a dar esa satisfacción. Que le jodan.

-          ¿Pasamos adentro?
-          Sí, sí. Aquí hace un poco de frío en realidad…

He dicho dos veces “en realidad”. ¿Qué coño me pasa? Putas coletillas. Al carajo.

Ahora que me fijo, este sitio parece un poco cutre… Odio que los restaurantes tengan televisiones, aunque estén apagadas; es una manía. Cuando estaba en el instituto, tuve que comer todos los lunes y miércoles a lo largo de un año en un bar y siempre tenía problemas con los televisores. La gente solía subirle el volumen para enterarse bien de lo que decían en el programa de mierda que estuvieran viendo y era realmente imposible tener una conversación con mi hermano, que era el que me acompañaba normalmente.

Le contaré la anécdota a ella y ya tengo tema de conversación por un rato.

                                                                          …

-          Pues eso, la verdad es que el simple hecho de ver una televisión en un restaurante me pone enfermo.
-          Ah…

Esta tía no muestra interés por nada. ¿Qué le ha pasado a su cerebro? Tampoco es tan mala la historia, a mí me haría gracia.

Lo que faltaba, hay una hormiga en mi plato.

-          Hay una hormiga en mi plato.
-          ¿En serio? ¿A ver?
-          Sí, sí. Mira.
-          Eso no es una hormiga, ¿no?
-          A mí me parece una hormiga, ¿eh? No sé, ¿le digo algo al camarero?
-          Coméntaselo.
-          Ya pensaba decirle algo por el vaso de todas maneras, la verdad es que está sucio.

A ver si pasa un camarero de una vez, hace un buen rato que no veo ninguno... Ahí está.

-          Perdone, ¿puede venir?
-          Dígame.
-          Hay una hormiga en mi plato. ¿Le importaría traerme uno nuevo?
-          ¿A ver?
-          Mire, mire.
-          No sé qué decirle, aquí se han podido quejar de alguna mosca en alguna ocasión. Pero una hormiga…
-          ¿No la ve?
-          Bueno, le cambiamos el plato.

Hijo de puta. Me ha discutido lo de la hormiga delante de ella. ¿Qué me está contando de que es la primera vez? ¿Y a mí qué coño me importa?

-          Todo te tiene que pasar a ti, ¿no? 
-          Será cosa del karma o alguna mierda de esas…
-          Será, será…
-          Creo que paso del postre, seguro que me toca la cucaracha y es la primera vez también. ¿Nos vamos?
-          Sí.

                                                                      …


 Estamos en la puerta. ¿Y qué hacemos ahora? Voy a intentarlo.

[Le doy un beso]

-          ¿Sabe demasiado a hormiga?
-          Eres un cerdo.

Me voy a quedar con las ganas de “Wall-E”.





lunes, 27 de junio de 2011

Enamorarse

Últimamente he estado pensando que sería precioso poder enamorarme de verdad.
Supongo que estaría bien tener a alguien con quien pasear o simplemente tumbarte en la cama para escuchar un poco de música. Tampoco pido demasiado.

No puede ser tan difícil, y sin embargo reconozco que he estado bastante reticente desde hace
algún tiempo a mantener una relación, la mayoría de las veces por alguna gilipollez.

Hace tiempo, estaba tomándome una cerveza con una chica:

-Odio Star Wars. -dijo ella, de repente.
-¿Qué?
-Odio Star Wars. ¿Tú no? Creía que no te gustaba...
-¿De qué estás hablando? ¿Cómo puedes odiar Star Wars?
-Simplemente no me gusta. ¿Has visto las naves? ¡Son falsísimas!
-¿Hablas de la película del 77?
-Sí, sí. Horrible.
-¿Qué película sugieres?
-No sé, me encanta Avatar.

Ese fue el último día que nos vimos. 

miércoles, 28 de julio de 2010

Regla número 78

Creo que alguien debería plantearse seriamente lo de escribir un reglamento acerca de las relaciones sentimentales. Un libro que numere las reglas que harán que todo vaya como la seda. Seguro que al entrar en una librería lo veríamos en la zona de los best sellers: "Relaciones Sentimentales: Paso a paso"

Así, cuando tu pareja te diga un domingo que hay que ir a la casa de sus padres a comer (por ejemplo) puedes coger el libro y decir:

"Cariño, regla número 78, el domingo no se va a casa de tus padres a no ser que uno de ellos esté agonizando o que hagan el solomillo a la pimienta ese que tanto me gusta"

Todo esto viene a que hay cosas que sobrepasan mi lógica, la verdad.
Por ejemplo, a la hora de conocer a una persona, desde mi punto de vista, solo hay lo que puedes percibir. Es decir, conoces a una persona y no te la imaginas con el pelo rubio, los ojos verdes y la cartera llena de billetes si es calva, tuerta y no tiene un duro.

Pues yo creo que hay personas que confunden el hecho de buscar pareja con el de comprar una casa:

"La verdad es que con unos arreglitos por allí, le afeitamos la perilla por allá, le teñimos el pelo de este color y le cambiamos la forma de vestir... Hacemos que quiera estudiar derecho y ya tenemos al hombre de nuestra vida."

Ya me dirán la diferencia que hay entre eso y :

"Aquí lo que hay que hacer es reformar la cocina, poner este papel de pared y estos muebles, ampliar el cuarto de baño y ya tenemos la casa de nuestra vida."







Antonio Pérez

jueves, 8 de julio de 2010

Paradoja espacio-temporal

Hace un rato estaba picadísimo intentando conectar la xbox a internet a través de mi portátil.
Tras horas de frustración y de pruebas de tutoriales por un tubo, me habla mi ex por el msn y me dice que tiene que contarme algo realmente curioso:

-Resulta que mis padres me han regalado un viaje a París
y en el pack entra P. (su nuevo novio)... Y bueno, resulta que me estoy leyendo la guía que me regalaste de París y Versalles... A mí me ha hecho gracia

-Si, lo cierto es que tiene toda la gracia.

­­­­­-Sabía que la tenía...

-Sobre todo cuando te dije que la guía era para cuando fuéramos tú y yo juntos
por eso de que te hacía mucha ilusión ir a París.
­­­­­­­­­
-¿Ves? De eso no me acordaba.
También conservo el dinero que traje de Liverpool (que usaría para cuando volviéramos la próxima vez).

A tomar por culo la xbox

domingo, 13 de diciembre de 2009

Cursilada

Hoy pensaba hablar sobre ese tipo de siestas que te echas cuando estás deprimido. De esas que al levantarte tras 4 horas de letargo sientes que estás desperdiciando tu vida.

Sin embargo, me he propuesto no deprimir hoy a nadie (aunque no prometo nada), así que contaré uno de esos incidentes curiosos que nos pasan de vez en cuando. Una de esas historias que parece que no significan nada cuando ocurren, pero que en el fondo te dejan un poquito tocado.

(La verdad es que no me gusta nada como estoy escribiendo hoy, será que es tarde y tengo sueño, así que esta entrada está expuesta a futuras correcciones.)

Eran las 22:30 de un jueves, y llevaba relativamente poco tiempo instalado en Sevilla como estudiante.
Mi residencia está en los límites de la ciudad, así que resulta imposible volver andando a mi habitación tras una noche de fiesta (borrachera) si no quiero terminar tirado en el suelo.
Como todavía era temprano decidí coger el autobús de la línea 6, que me dejaba en Barqueta, que era donde había quedado con un amigo para más tarde ir a tomar algo.
Me preguntaba si en Sevilla existía una línea nocturna de autobuses, y en caso de que así fuera, quería saber a qué hora pasaba y su recorrido.

Tengo que confesar que por esas fechas mantenía una "relación" con una chica, pero no era nada sustancial por así decirlo, así que tampoco me cerraba ante la posibilidad de conocer a una chica que mereciera la pena.

El autobús estaba tardando bastante en llegar, y de repente apareció una chica de más o menos mi edad. Se sentó en uno de los asientos de la parada y se quedó mirando al frente, impasible, aunque de vez en cuando me miraba de reojo.
Yo estaba de pie apoyado sobre una barra de acero de la parada, con las manos metidas en los bolsillos.

Había algo que me incitaba a iniciar una conversación con ella, así que, sin importarme mucho la respuesta, le pregunté si sabía hasta que hora pasaban los autobuses.
Ella me miró sonriendo y empezó a decirme que no tenía mucha idea, porque solo cogía la línea 6 para volver a su casa después del gimnasio.
Creo recordar que comenté algo sobre mi experiencia con los gimnasios, y ella se rió.

Hubo una pausa y nos miramos sin dejar de sonreír.
Finalmente, me preguntó qué estaba haciendo yo en Sevilla (previamente le había comentado que no era de Sevilla), así que le conté que estaba estudiando Comunicación Audiovisual y que acababa de llegar como quien dice.

Fué extraño, porque nunca me había sentido tan cómodo hablando con un extraño, así que me terminé sentando a su lado.
Hice algún que otro comentario cómico sobre mi vida y mis manías (lo típico), y ella respondia a todo riéndose y hablándome de sus cosas.

Era curioso como se iba haciendo cada vez más atractiva. Me proporcionaba una especie de complicidad que no me daba en aquel momento una chica con la que llevaba ya 4 meses "saliendo".

Se hizo muy largo, hablamos de nuestra rutina diaria, de por dónde salíamos, y finalmente le dije:

-Por cierto, soy Antonio, encantado.

Ella me dió la mano y contestó:

-Yo soy Mercedes.

Los dos nos sonreímos y llegó el autobús.
Ella entró primero, y se sentó en la parte trasera mientras yo pagaba al conductor.

Pensé sentarme a su lado, pero una vez dentro del autobús es como si todo fuera otro mundo.
No quería ser un pesado por una parte, y la naturalidad inicial con la que habíamos comenzado a charlar se desvaneció.

Así que pensé que no era una buena idea sentarme con Mercedes, y me quedé de pie frente a la puerta principal.

Antonio Pérez

domingo, 6 de diciembre de 2009

Humphrey Bogart

A veces te das cuenta de que lo que creías malo no lo era tanto.

Ahora me encuentro buscando algo lo más parecido posible a lo que entonces tuve, pero en el fondo sé muy bien que no lo voy a encontrar. Solo puedo llegar a algo similar en el mejor de los casos.

Hoy me encontré con ella y me di cuenta de que, aunque la rechacé en su momento, había sido entonces todo lo que necesito ahora.
No sigo enamorado de ella ni mucho menos, pero un aire nostálgico me invadió de repente... Y cuando se despidió, después de tanto tiempo, me sentí como Bogart en "Casablanca".

Me metí las manos en los bolsillos y me di la vuelta, solitario, sintiendo el frío de diciembre en los huesos, y provocando una pequeña nieblecilla de vaho al respirar por la boca...

Hasta siempre

Antonio Pérez